Así surge el Día de Muertos en México


La idea de la muerte en México

La cultura mexicana, afianzada en su identidad, no distingue entre la vida y la muerte: todo es vida, y la muerte es parte de ella, y no parte final sino inicio perpetuo. Todos trascendemos la muerte porque la muerte nos precede, sin la muerte de nuestros antepasados no tendríamos vida propia. Lo que el occidente llama muerte, en México es visto como parte de la vida, continuidad, permanencia y renovación, todo junto porque como decía un poeta indígena “todos tendremos que ir al lugar del misterio”. Para Carlos Fuentes “si la muerte es inevitable, no puede ser mala”, y quizá por ello los mexicanos nos relacionamos con ella con mayor frescura y desinhibición.

Todos los vivos cargamos la muerte con nosotros, es compañera de viaje, nos alerta ante el peligro y nos recuerda a cada momento nuestra naturaleza perentoria y limitada.

Por ello, resulta tan relevante la sobrevivencia y continuidad de la celebración del Día de Muertos, porque con ella nos revelamos, nos revaloramos y reconocemos en nuestras sólidas raíces indígenas el legado que nuestros descendientes continuarán ofrendando a nuestros muertos para continuar viajando en el interminable camino de la vida que, con la muerte, sólo significa un cambio de ciclo renovador.

José Antonio Mac Gregor

La muerte en la época prehispánica

Creían los mexicas que la vida de todo hombre estaba constituida por tres fluidos vitales: el tonalli, localizado en la cabeza; el teyolía, cuyo centro de residencia era el corazón, y el ihíyotl, asentado en el hígado. Gracias a la existencia de estos componentes, la vida era posible; todos ellos eran imprescindibles y compartían la misma importancia.

El tonalli era el fluido que determinaba el vigor y la energía anímica del individuo. Una especie de fuerza que condicionaba la conducta de cada persona y las características de su vida futura. El teyolía es equiparable a lo que los católicos denominan alma. Conceptualizado como el elemento anímico encargado de viajar al mundo de los muertos, era un don que los dioses entregaban en el momento mismo en que se engendraba a un ser. El ihíyotl, era un fluido luminoso que al emanar del hígado podía influir bien en otras, de manera positiva o negativa. Es decir, se trataba de una energía capaz de curar o enfermar, beneficiar o perjudicar tanto a humanos como a los animales y las cosas.

Una vez que la muerte había separado los elementos vitales, el alma o teyolía del difunto tenía la posibilidad de ir a cuatro cielos o moradas, y era la forma en que tenía lugar el deceso la que definía el destino del difunto. Estos lugares correspondían a las moradas de sus principales deidades, de esta manera tenemos que una muerte prestigiosa era la de los guerreros que morían en batalla y las mujeres que fallecían al momento del parto, ya que se convertían en acompañantes del sol, los primeros desde el amanecer hasta el mediodía y las segundas desde el mediodía hasta el atardecer. Los niños de pecho que no habían llegado a probar el maíz y, por tanto, desconocían el significado de la actividad sexual, iban, al morir, al Chichihualcuauhco o también llamado Tonacuauhititlan, en el que permanecían hasta que les era permitido retornar a la tierra para vivir una segunda vida. El Tlalocan (o morada del dios Tlaloc) era otro de los paraísos descrito como un lugar de eterno verano y de verdor constante. Ahí se destinaban aquellos que su muerte se relacionaba con el agua (los ahogados por ejemplo) además aquellos que morían a causa de un rayo. Finalmente, la morada más común era el Mictlan (morada del dios Mictlantecutli). A este lugar estaban destinados los que morían de muerte natural y tendrían que pasar por nueve pruebas para llegar al Mictlan. El camino era sinuoso, largo y peligroso, por eso era necesario enterrar un perro guía en la misma sepultura, para que éste pudiera acompañar al alma del muerto en su recorrido.

Las pruebas eran:

  • Pasar un río (El pasadero de agua)

  • Dos cerros que chocan entre sí (El lugar donde se encuentran los cerros)

  • El lugar de la culebra que guarda el camino (El cerro de obsidiana)

  • El lugar de la lagartija verde (Lugar del viento de obsidiana)

  • Ocho páramos (lugar donde tremolan las banderas)

  • Ocho collados (Lugar donde es flechada la gente)

  • El lugar del viento frío de navajas (Lugar donde se comen los corazones)

  • Atravesar el río Chignahuapan (Lugar de la obsidiana de los muertos)

  • El Mictlan (El inframundo)


Viaje al Mictlán | Códice Ríos

La muerte durante la colonia

Con la conquista, nuevas ideas acerca de la muerte se implantaron sobre las antiguas. La ideología de los conquistadores, modificó ritos y cosmovisiones. La idea de una prolongación de la vida en el más allá, propagada por el catolicismo, coincidió con la indígena. Sin embargo, los cuatro lugares a los que iban los muertos en la mitología mexica fueron cambiados por dos: el cielo y el infierno, lo que trajo una valoración distinta de la muerte ya que los lugares destinados a las almas correspondían, no a la manera de morir, sino al modo en que se había vivido; esto es, de acuerdo con un patrón de comportamiento basado en las buenas o en las malas acciones que se hubiesen realizado en vida.

En la concepción hispana, las ánimas no estaban obligadas a recorrer un largo y sinuoso camino para llegar al cielo o al infierno. El retorno a la vida se convirtió en algo imposible, y la cremación fue prohibida. Los tres elementos vitales se convirtieron en uno: el alma o espíritu que, alejado y libre de su envoltura carnal, tenía la capacidad de regresar a la tierra una vez al año, precisamente el día señalado por la religión, el 1 de noviembre, para poder nutrirse de la sustancia de los alimentos ofrecidos por los ya no tan dolidos parientes.

Pero, si bien es cierto que la nueva ideología se impuso y trajo consigo el cambio de algunos de los rituales que conformaban el culto prehispánico a los muertos, no por ello se eliminó toda la cosmovisión indígena. Muchos ritos se mantuvieron; otros se amalgamaron con los hispanos. Esta mezcla de elementos culturalmente distintos, este sincretismo, dio origen a lo que hoy en día constituye la fiesta de Día de Muertos en México.

La fiesta de la muerte

La ofrenda o altar de muertos tiene su origen en la época prehispánica, los mexicas pensaban que cuando los hombres y mujeres morían debían emprender un largo viaje, que duraba años, hasta llegar al Mictlan o la morada a la cual eran destinados. Durante dicho recorrido, los familiares se encargaban de colocarles ofrendas alimenticias para que los muertos pudieran resistir tan duro esfuerzo.

Con varios días de anticipación, los familiares de los deudos acuden a los panteones con el propósito de arreglar las tumbas de sus muertos. Las limpian, les ponen flores, velas y arreglan las cruces.

Con el fin de adquirir todo lo necesario para preparar la ofrenda se instalan mercados especiales, llamados comúnmente Plazas Grandes o tianguis, para esta temporada ritual y se acude a comprar las cosas que se usan en la ofrenda como es la flor y el ramaje con que se va a hacer el arco, ramas de olivo, tepejilote o rama tinaja; copal, cacao, las velas y veladoras, juguetes, dulces, frutas, pan y algunos trastos que siempre se cuida que sean nuevos para servir los alimentos.

Las ofrendas se colocan, la mayor parte de las veces, sobre mesas de uso diario, se cubren con manteles limpios y bordados, papel china u hojas de plátano según lo marque la costumbre regional. Encima se pone la comida y la bebida que más le gustaba al difunto, acompañada de frutas, calaveras de dulce, cirios, panes, cigarrillos, sal, su retrato y un vaso con agua. El agua es imprescindible, porque el “ánima” viene muy sedienta a causa del viaje que tuvo que emprender para llegar hasta la ofrenda.

Ofrendar es compartir algo con los parientes difuntos, ciertos goces de la vida y siempre que sea posible, se ofrendan los primero frutos. Así mismo se debe servir en primer término a las almas de los difuntos.

A fin de que las almas no se pierdan, es común que se coloque un camino de flor de cempasúchil que va desde la entrada de la casa hasta el altar. Pero las ánimas no llegan por sí mismas. Para que acudan es necesario que se les rece, se queme copal o incienso y se les dirijan algunas palabras de bienvenida.

Las ofrendas deben contener una serie de elementos y símbolos que inviten al espíritu a viajar desde el mundo de los muertos para que conviva ese día con sus deudos. Entre los elementos más representativos del altar se hallan los siguientes:

  • Imagen del difunto. Dicha imagen honra la parte más alta del altar.

  • La cruz. Utilizada en todos los altares, es un símbolo introducido por los evangelizadores españoles con el fin de incorporar el catecismo a una tradición tan arraigada entre los indígenas como la veneración de los muertos. La cruz va en la parte superior del altar, a un lado de la imagen del difunto, y puede ser de sal o de ceniza.

  • Imagen de las ánimas del purgatorio. Esta se coloca para que, en caso de que el espíritu del muerto se encuentre en el purgatorio, se facilite su salida. Según la religión católica, los que mueren habiendo cometido pecados veniales sin confesarse deben de expiar sus culpas en el purgatorio.

  • Copal e incienso. El copal es un elemento prehispánico que limpia y purifica las energías de un lugar y las de quien lo utiliza; el incienso santifica el ambiente.

  • Arco. El arco se coloca en la cúspide del altar y simboliza la entrada al mundo de los muertos. Se le adorna con cítricos y flor de cempasúchil.

  • Papel picado. Es considerado como una representación de la alegría festiva del Día de Muertos y del viento.

  • Velas, veladoras y cirios. Todos estos elementos se consideran como una luz que guía en este mundo. Son, por tradición, de color morado y blanco, ya que significan duelo y pureza, respectivamente. Los cirios pueden ser colocados según los puntos cardinales, y las veladoras se extienden a modo de sendero para llegar al altar.

  • Agua. El agua tiene gran importancia ya que, entre otros significados, refleja la pureza del alma, el cielo continuo de la regeneración de la vida y de las siembras; además, un vaso de agua sirve para que el espíritu mitigue su sed después del viaje desde el mundo de los muertos. También se puede colocar junto a ella un jabón, una toalla y un espejo para el aseo de los muertos.

  • Flores. Son el ornato usual en los altares y en el sepulcro. La flor de cempasúchil es la flor que, por su aroma, sirve de guía a los espíritus en este mundo.

  • Calaveras. Las calaveras son distribuidas en todo el altar y pueden ser de azúcar, barro o yeso, con adornos de colores; se les considera una alusión a la muerte y recuerdan que ésta siempre se encuentra presente.

  • Comida. El alimento tradicional o el que era del agrado de los fallecidos se pone para que el alma visitada lo disfrute.

  • Pan. El pan es una representación de la eucaristía, y fue agregado por los evangelizadores españoles. Puede ser en forma de muertito de Pátzcuaro o de domo redondo, adornado con formas de huesos en alusión a la cruz, espolvoreado con azúcar y hecho con anís.

  • Bebidas alcohólicas. Son bebidas del gusto del difunto denominados “trago” Generalmente son “caballitos” de tequila, pulque o mezcal.

Respetando los días que se señalan para recibir a cada género de difunto es en lo que consiste la comida ofrendada:

  • El día de San Simón, 28 de octubre, indica que llegan las almas de quienes murieron accidentados o que fueron asesinados.

  • El día 29 llegan los que murieron ahogados o a causa de una descarga eléctrica por rayo. Este día también se recuerda a los niños del limbo, es decir, los que murieron sin bautizar. A ellos se les coloca una veladora y un vaso con agua en un rincón de la salida de la casa.

  • El día 30 se recuerda al ánima sola, la que ya no tiene generación que la recuerde y se les enciende una veladora a un costado del altar.

  • El 31 de octubre, es día en que llegan los muertos pequeños, razón por la cual la ofrenda consiste en frutas, dulces, tamales de dulce, panes miniatura y juguetes. Se procura colocar flores blancas, y los alimentos no deberán llevar picante o chile.

  • El día 1 de noviembre llegan los adultos y finalmente el día 2 a las 12 horas, una vez que los muertos han comido y bebido de la ofrenda, se les debe despedir con tañidos de campanas y cohetes. Las flores se llevan al panteón y se depositarán en las tumbas, y se dice que con esta acción se procura encaminar a las almas.

La ofrenda se prepara y se expone teniendo en cuenta que ésta se obsequia como un acto propiciatorio, de tal forma que se constituye en un agradecimiento para quienes han traspasado el umbral de la muerte y ahora tienen una entidad especial, que potencialmente puede ser un intermediario con lo desconocido.

"Al fin que para morir nacimos"

Refrán popular mexicano.

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Bibliografía

Dirección General de Culturas Populares. Las Tradiciones de Días de Muertos en México. México, Secretaria de Educación Pública /Dirección General de Culturas Populares.

LOPEZ AUSTIN. Alfredo. Breve historia de la tradición religiosa mesoamericana, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1998

MATOS MOCTEZUMA, Eduardo. Muerte a filo de obsidiana. Los nahuas frente a la muerte. México. Fondo de Cultura Económica. 1997

ORELLANA, Margarita de. “Nuevas preguntas al Día de Muertos.” En: Revista Artes de México: Día de Muertos. Número 62, México, Primera Edición 2002.

PAZ, Octavio. El laberinto de la soledad. México, Fondo de Cultura Económico. 1973

SAHAGÚN, Fray Bernardino. Historia General de las Cosas de la Nueva España. México, Editorial Porrúa. 1956

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