El libro de artista como evidencia de la materialidad de la lectura


El mundo contemporáneo se caracteriza por un vertiginoso aumento de la presencia de las llamadas tecnologías de la comunicación y la información en la vida cotidiana. La digitalización del mundo genera una progresiva virtualización en la que nuestra existencia se vuelca cada vez más a lo que sucede en una pantalla.

El panorama académico y artístico no queda exento de este fenómeno. Sin embargo, recientemente, ha surgido una preocupación por problematizar lo material no solo como un factor histórico, sino como fuente de significación en las creaciones y exploraciones contemporáneas.

En el caso particular de la teorización sobre el libro y la lectura, la pantallización social, y las posibilidades de creación, recepción y distribución que ha generado la tecnología actual, tendieron durante cierto periodo a cuestionar si la existencia objetual del libro seguiría vigente con el paso del tiempo. Y pesar de la proliferación de las manifestaciones digitales, los estudios del libro como objeto material se han encargado de enfatizar su potencialidad y la importancia de su conservación.

A la hora de tratar de establecer una definición de libro se entra en una serie de problemáticas derivadas de la dificultad de considerarlo en su totalidad. Un libro no será solo el contenido textual o visual, generalmente entendido como literario; tampoco será solamente un fajo de páginas envueltas en una encuadernación específica. Es imposible separarlos, ya que el contenedor dictará y determinará en gran medida lo que suceda con el contenido y viceversa.

El caso de la expresión conocida como libro de artista es un ejemplo excelente del abordaje de estas cuestiones.

Existen divergencias a la hora de definir lo que será un libro de artista. Martha Hellión lo describe como una obra realizada por un artista que ha pasado por un proceso en el que ha desarrollado ideas y conceptos a partir de experiencias y vivencias a las cuales les da una solución plástica, estética o conceptual para transformarlas en obras de arte [1]. Aunque esta declaración resultan un poco vaga, en términos de que no pretende tipificar el concepto, resulta útil para comenzar a adentrarse en la materia, ya que de aquí se pueden obtener dos anotaciones importantes: la cualidad plástica y el libro como hecho experiencial.

Ulises Carrión en su icónica obra El arte nuevo de hacer libros [2], genera un breve manifiesto sobre el tema. En él hace una revisión que va desde lo poético hasta lo histórico sobre el libro y las nuevas concepciones que deben hacerse de él, poniendo siempre énfasis en que el texto y lo escrito no son el factor determinante, sino un elemento más de su construcción.

Independientemente de las posibles definiciones, lo que sí queda claro es que el libro de artista deberá expandir la concepción de libro, no solo usándolo como posible soporte de obras plásticas, sino problematizando su esencia, y generando la coherencia retórica que implica elegirlo como pretexto, motivo o recurso.

Hablando específicamente del énfasis en la presentación de la condición objetual, material, real, del libro como contenedor y contenido, se realizará a continuación un breve recorrido a través de creaciones que ejemplifican la evolución de esta reflexión.


Imagen 1. Interior del libro House of leaves, donde se aprecia el juego tipográfico y visual que contiene.

El libro titulado House of leaves [3] (Imagen 1), del escritor estadounidense Mark Z. Danielewsky representa un ejemplo perfecto de la ruptura con la tradición histórica sobre el contenido de un libro. Mediante elementos que fácilmente se podrían catalogar como poesía visual, el autor genera en el interior del libro juegos tipográficos que rompen con la lectura lineal convencional, y que, a pesar de su aparente búsqueda de caos, se encuentran en coherencia con lo narrado y lo enriquecen de maneras alternas a la pura textualidad. Espacios en blanco, en negro, sobreposiciones, repeticiones, son solo algunos de los recursos presentados en este libro, que si bien no es considerado un libro de artista como tal, sí es un importante ejemplo de la búsqueda de una expansión del contenido textual canónico dentro de la estructura tradicional del objeto libro.


Imagen 2. Página del libro The Word Made Flesh. La tinta posee calidades especiales que propician su transparencia.

Para Johanna Drucker, una importante escritora, artista y teórica de los estudios sobre el libro y la lectura, la dimensión material se vuelve fundamental, en términos de considerar al libro no solo como un contendor de letras o signos, sino de una experiencia viva. En su obra The Word Made Flesh [4] (Imagen 2), Drucker se encarga de explorar y presentar esta condición. Tanto las páginas como la tinta utilizada para la impresión de la tipografía poseen cierta transparencia. El texto ha sido acomodado también en una manera específica. Estos factores fueron colocados con la intención de que, al realizar la lectura, el usuario de haga consciente de la condición material de la página e incluso de la escritura, como resultado del énfasis puesto en generar una diferencia de lo convencional y evidenciar que tanto páginas como letras poseen ciertas calidades matéricas, y que el libro no es un soporte aleatorio, sino que existe en sí mismo como ente material que no solamente que puede ser no solo mirado, sino palpado, e incluso olfateado.


Imagen 3. Cent mille milliards de poemès y una muestra de sus posibles combinaciones

Cent mille milliard de poèmes [5] (Imagen 3), es un libro del poeta francés Raymond Queneau, que, si bien, tampoco es considerado en las catalogaciones como libro de artista, de nuevo representa un ejemplo perfecto de la evolución en las ruptura de los cánones. El libro aparentemente respeta el formato de encuadernación convencional, pero al abrirlo, el lector se encuentra con un paradigma totalmente distinto. Las páginas han sido cortadas a manera de tiras, y en cada una se encuentra escrita una línea con el contenido poético generado por el autor. De esta manera, resulta prácticamente imposible leerlas en el orden dictado por las páginas, por el contrario, se abre la posibilidad a jugar con los fragmentos y construir cientos, miles de itinerarios de lectura.


Imagen 4. Modo de lectura alternativa en el libro Túnel de palabras de Itzel Palacios

Después de haber analizado diversas variantes tanto en el contenido conceptual, como en la estructura interna del libro, Túnel de palabras (Imagen 4) representa el desborde de la estructura externa de encuadernación. Haciendo uso de la técnica conocida como "libro túnel" se generan círculos concéntricos que serán los soportes para la escritura. Sin embargo, dicho texto se encuentra distribuido de manera desfasada en cada nivel, así que para completar su lectura será imprescindible girar el dispositivo. Entonces, la materialidad cobra vida, ya no solo se hace consciente la calidad objetual del libro, sino que se rompe con la concepción tradicional "encuadernación-páginas" al presentar una estructura de lectura que juega con nuevas variantes.